Innovación

Cerrar ciclos: el paso olvidado de la transformación organizacional

Tiempo de lectura:
3 minutos

El inicio de un nuevo año suele venir acompañado de una sensación colectiva de reinicio. Aparecen nuevos planes, objetivos revisados y hojas de ruta que prometen foco, impacto y transformación. En muchas organizaciones, enero se convierte casi automáticamente en el momento de “empezar cosas”.

Sin embargo, hay una pregunta menos habitual —y bastante más incómoda— que rara vez ocupa un lugar central en estas conversaciones: ¿qué ciclo necesitamos cerrar antes de empezar otro?

Muchas organizaciones no tienen un problema con falta de iniciativas, sino de exceso de frentes abiertos.

Porque, aunque no siempre se nombre así, muchas organizaciones no tienen un problema de falta de iniciativas, sino de acumulación. Se empieza mucho, pero se cierra poco. Y esa falta de cierre tiene consecuencias profundas, especialmente en la cultura organizacional.

El riesgo de empezar sin cerrar

En el día a día de las empresas es frecuente encontrar proyectos que nacieron con ambición y sentido, pero que con el tiempo quedaron en una zona gris. Iniciativas que no fracasaron de forma evidente, pero que tampoco se consolidaron. Metodologías que se introdujeron con entusiasmo, pero que se aplicaron de manera irregular hasta desaparecer del discurso. Cambios culturales que convivieron con dinámicas que los contradecían abiertamente.

Cuando esto ocurre, rara vez se detiene la organización a mirar atrás. Lo habitual es pasar página y sustituir lo anterior por algo nuevo. El problema es que, sin un cierre consciente, no hay aprendizaje real. Y sin aprendizaje, la transformación se convierte en una sucesión de intentos desconectados.

Este patrón tiene costes que no siempre son visibles de inmediato: pérdida de foco, desgaste de los equipos, desconfianza ante nuevas iniciativas y una sensación creciente de que “todo cambia para que nada cambie”. A nivel cultural, el mensaje implícito es claro: aquí se empieza mucho, pero se reflexiona poco.

Cerrar un ciclo como acto de madurez organizativa

Cerrar un ciclo no significa señalar errores ni certificar fracasos. Significa algo mucho más valioso: dar sentido a la experiencia vivida. Una organización madura no es la que acierta siempre, sino la que es capaz de mirar sus decisiones pasadas con honestidad y convertirlas en aprendizaje colectivo.

Cerrar bien un ciclo implica detenerse y formular algunas preguntas esenciales, no para buscar culpables, sino para comprender el sistema en el que se tomaron ciertas decisiones. Preguntas como:

  • ¿Qué queríamos conseguir realmente con esta iniciativa?
  • ¿Qué ha funcionado y qué no, y por qué?
  • ¿Qué aprendizajes nos llevamos que deberían influir en nuestras próximas decisiones?
  • ¿Qué decidimos mantener, ajustar o dejar de hacer a partir de ahora?

Responder a estas preguntas permite algo fundamental: tomar decisiones conscientes. Y eso, en términos culturales, es mucho más potente que cualquier declaración de valores.

Retrospectivas: una práctica cultural, no solo ágil

Cuando se habla de retrospectivas o sesiones de retrospectiva, muchas personas las asocian exclusivamente al mundo ágil o a equipos de producto. Sin embargo, limitar las retrospectivas a ese ámbito es perder gran parte de su potencial.

Una retrospectiva no es una técnica, sino una práctica cultural. Es un espacio deliberado para convertir la experiencia en aprendizaje compartido y para cerrar ciclos de forma explícita. Aplicada a nivel organizativo, permite revisar no solo resultados, sino también dinámicas, decisiones, ritmos y tensiones que han marcado un periodo concreto.

Además, las retrospectivas envían un mensaje muy potente a los equipos: aquí no pasamos página sin entender qué ha pasado y qué queremos hacer con ello. Ese mensaje, sostenido en el tiempo, construye confianza y coherencia cultural.

Cómo plantear una retrospectiva organizacional útil

Para que una retrospectiva tenga impacto real, especialmente en un momento de inicio de año, es importante ir más allá de un simple ejercicio de reflexión. Algunas claves para que sea verdaderamente transformadora:

  • Ampliar la mirada. No centrarse únicamente en KPIs o resultados finales, sino también en cómo se ha trabajado, qué decisiones se han tomado y qué dinámicas han influido en el resultado.
  • Separar personas de sistema. El foco no debe estar en quién hizo qué, sino en qué elementos del sistema facilitaron o dificultaron el avance.
  • Cerrar con decisiones claras. Una retrospectiva que no desemboca en decisiones explícitas se queda en una conversación interesante, pero estéril.
  • Comunicar el cierre. Nombrar qué ciclos se cierran, qué se ha aprendido y qué se decide hacer a partir de ahora refuerza la coherencia y la credibilidad del liderazgo.

Te puedes apoyar en técnicas e iniciativas como SCAMPER o metodologías como la retrospecitva para sprints de Atlassian.

Empezar el año desde el aprendizaje, no desde la prisa

Cerrar ciclos no ralentiza a las organizaciones. Al contrario, les permite avanzar con más sentido, menos ruido y mayor foco. Una organización que aprende de forma sistemática necesita menos fuegos artificiales y más decisiones bien fundamentadas.

Quizá, antes de definir nuevos objetivos o lanzar nuevas iniciativas, merezca la pena detenerse y plantear una última pregunta colectiva:

¿Qué ciclo necesitamos cerrar para poder empezar este año con mayor claridad y coherencia?

Porque, en muchos casos, el verdadero inicio de un nuevo ciclo no empieza cuando se lanza algo nuevo, sino cuando se entiende y se integra lo que ya se ha vivido.

Compartir este artículo:
Logo de la red social FacebookLogo de la red social LinkedinLogo de la red social MediumLogo de la red social X